5am. Como la mayoria de días me levanto de buen humor, preparo el café y mientras me lo tomo, lanzo el reproductor de mp3 y suena el último disco de Micah P. Hinson, “Micah P. Hinson And The Pioneer Saboteurs” (un tipo norteamericano que nació el mismo día que otro tipo norteamericano, obsesionado con Jodie Foster, intentó asesinar a Ronald Reagan, y que ahora anda de gira por España. No el asesino no, el otro) lo combino con el “Finally we are no one” de Mum (grupo islandés de electrónica) y empiezo a leer las últimas noticias que dan los diarios por las webs y algunos blogs.
Tal vez solo sea una apreciación mia y tal vez errónea, pero considero que es necesario YA, hacer una criba importante en los blogs. Hay una mayoría aplastante de basura-blogs, que hacen que sea una pérdida de tiempo insoportable perder los 0’0005 segundos que tardan en cargarse y hacen que te quede un cierto sabor de frustación. Menos mal que ahora suena la soberbia “Green grass of tunnel” de Mum y hace que me sienta algo mejor.
Estoy con el director del Times Online, que a través del Blogger “uberbin” en su curioso blog “Denken Über” especifica que en el futuro solamente existirán bitácoras que se ajusten a estos cuatro tipos: -Branded bloggers: aquellas celebridades o con un nombre establecido - Agregadores inteligentes: los que hacen comentarios mínimos pero dirigen a sus lectores a sitios útiles - Bloggers bien conectados: periodistas, ex politicos, o especialistas que tienen la capacidad de descubrir buena información - Bloggers brillantes: los que atraen grandes cantidades de lectores por la calidad de su prosa y la originalidad de su ingenio.
Algunos bloggers se han enterado de la evolución, otros (la mayoria) no. Siguen diciendo chorradas, compartiendo sus ratitos de mediocridad, sin enterarse que su final está cerca. Bye.
Después hago mi tabla de gym y algo de elíptica (joder, todavía me acuerdo de hace tres noches cuando a media tarde corrí 45 minutos y volví con el pie hinchado como un elefante, sin venas y con un dolor extremo. No pegué ojo en toda la noche, no podían ni rozarme las sábanas). Por lo menos la elíptica me permite trabajar mi sistema aeróbico con la cabeza relajada. Tan sólo debo concentrarme en mi corazón, no existe el dolor. Como en los viejos tiempos. En el mp3 suenan Portishead, Migala, Cuchillo y Sufjan Stevens.
Me aseé sin perder un segundo, porque hoy tenía demasiada prisa. No puedo fallar, debia estar a las 8 en punto en mi trabajo. No hay excusas para llegar ni un minuto tarde. Nos cambian una cosa importante en el trabajo desde Madrid via online y debo estar por si falla algo. Por lo que descuido la hidración post y salgo disparado hacia la parada del bus.
Voy vestido con un pantalón sport gris “Lacoste”, polo violeta claro con el cuello gris-azul claro “Adolfo Dominguez”, chaqueta Desigual azul-gris, comprada en el último viaje a Barna con mi amigo Pak y su estupenda familia, chaqueta de cuero negro “Christiano di Thiene”, bufanda GAP y gorro de lana sport negro marca OAKLEY. En la parada sólo hay una chica. Me acerco a ella y observo que es una china que lleva algo corto, no distingo si minifalda o vestido porque lleva un abrigo tres cuartos abrochado. Mas tarde en el autobús observo que lleva una mini y una camiseta muy ligera. Seguro que lleva más ropa en verano. Es bastante bajita, normal, creo, no suelen haber muchas chinas altas, o por lo menos que yo vea. Estoy seguro que debe de ser china. Cerca hay una colonia de pisos patera de chinos. Está lloviendo y hace frio.
Abro el libro por el marcapáginas (motivos de Picasso y su cuadro “La lecture” de 1932 comprado en el museo Picasso de Paris ) 478 páginas de la edición de la editorial “Ediciones B” del clásico de Bret Easton Ellis “American Psycho” que he pillado en la biblioteca de San Vicente.
Bajo la vista y empiezo a leer:
Preparo una línea de cocaína que he encontrado en el armario de las medicinas al volver a casa, y el Cristal suprime el nerviosismo, pero sólo en parte. El programa de Patty Winters de esta mañana era sobre un aparato que permite a los vivos hablar con los muertos. La chica lleva chaqueta y falda de barathea de lana, una blusa georgette de seda, pendientes de ágata y marfil de Stephen Dweck, un chaleco de jacquart, todo de..., ¿dónde? Charivari, supongo. En el dormitorio está desnuda y lubricada y me chupa la polla mientras yo estoy de pie delante de ella, y luego le doy un golpe en la cara con la polla, agarrándole el pelo con la mano y llamándola «jodida puta de mierda», y esto la excita todavía más, y mientras me chupa con poca convicción la polla se pone a manosearse el clítoris, y cuando me pregunta: –¿Te gusta? –mientras me chupa los huevos, yo le contesto: –Sigue, sigue –y respiro profundamente. Tiene los pechos erguidos y grandes y firmes, los dos pezones muy tiesos, y mientras se atraganta con mi polla mientras la follo violentamente por la boca, estiro la mano para apretárselos y luego mientras la follo, después de meterle un consolador en el culo y mantenérselo allí sujeto con una correa, le araño las tetas, hasta que me pide que lo deje. Esta misma noche, antes, he cenado con Jeanette en un nuevo restaurante de cocina del norte de Italia cercano a Central Park, en el Upper East Side, que era muy caro. Yo llevaba un traje hecho por Edward Sexton y pensaba tristemente en la casa de mi familia en Newport. Luego he dejado a Jeanette y me he detenido en M.K. para ver a un recaudador de fondos para la campaña electoral que ,tiene algo que ver con Dan Quayle, aunque éste ni siquiera me gusta. En M.K. la chica que me estoy follando se ha acercado a mí, que estaba arriba, en el sofá, esperando para jugar al billar. Dios santo –está diciendo. Excitado, le doy una bofetada, luego un puñetazo no demasiado fuerte en la boca, luego se la beso, mordiéndole los labios. Miedo, terror, confusión, la abruman. La correa se rompe y el consolador se le desliza fuera del culo mientras trata de apartarme. Yo me echo a un lado y hago ver que la voy a dejar escapar, y luego, mientras está recogiendo su ropa y murmura algo sobre él.
Llega el autobús, cierro el libro y busco algún sitio libre donde pueda continuar la lectura, pero va atestado de gente y solo encuentro un mínimo lugar en un rincón donde me puedo apoyar contra el cristal, aprisionado por una abuela y un tipo con bastante sobrepeso y altura de casi 2 metros, que por lo menos huele bien.
Vuelvo a abrir el libro, dos páginas más adelante de donde hace poco había empezado:
Loco, jodido hijoputa –que soy, salto sobre ella, como un felino, echando literalmente espuma por la boca. Ella grita, se disculpa, solloza histéricamente, suplicándome que no le haga daño, mientras llora y se tapa los pechos, ahora llena de vergüenza. Pero ni siquiera sus sollozos me excitan. Siento poca gratificación cuando le echo pulverizador de auto defensa, menos todavía cuando le golpeo la cabeza contra la pared cuatro o cinco veces, hasta que pierde el conocimiento, dejando una pequeña mancha de sangre, con algo de pelo pegado a ella. Después de que cae al suelo, me dirijo al cuarto de baño y preparo otra línea de la mediocre coca que conseguí en Nell's o en Au Bar la otra noche. Oigo sonar un teléfono y un contestador automático que responde a la llamada. Me inclino sobre el espejo, ignorando el mensaje. Más tarde, como era predecible, está atada en el suelo, desnuda, boca arriba, con ambos pies y ambas manos atadas a unos postes que están sujetos a unas tablas lastradas con metal. Tiene las manos llenas de clavos y las piernas lo más abiertas posible. Una almohada hace que mantenga levantado el culo, y le he echado en el coño queso brie, parte del cual le ha entrado en la cavidad vaginal. Apenas ha recuperado el conocimiento y, en cuanto me ve, de pie a su lado, desnudo, puedo imaginar que mi virtual carencia de humanidad le llena la mente de un terror absoluto. He colocado el cuerpo delante del nuevo televisor Toshiba y en el vídeo hay una vieja cinta y en la pantalla aparece la última chica a la que filmé. En la grabación llevo un traje de Joseph Abboud, una corbata de Paul Stuart, zapatos de J. Crew, un chaleco de alguien italiano, y estoy arrodillado en el suelo al lado del cadáver, comiéndome los sesos de la chica, deglutiéndolos, echando Grey Poppon sobre trozos de carne rosa, sensual.–¿Lo ves? –pregunto a la chica que no está en el televisor–. ¿Ves eso? ¿Estás mirando? –susurro.
Debido a la sugestión que me está provocando el puto libro, empiezo a tener calor, bastante calor. Hecho en falta algo de líquido y también algo de aire limpio y fresco. El autobús va completamente cerrado y los cristales están completamente empañados. Hay muchos olores corporales fuertemente desagradables que penetran en mi nariz y me provocan muescas de asco. Estoy en una parte del libro en la que la espiral de violencia psicopática está desencadenada. Se suceden episodios de extrema violencia sexual y torturas a embarazadas, niños, mujeres y mendigos. Noto que me está afectando. De hecho, llevo un par de dias que lo noto. Al principio el libro te despista. No hay prácticamente episodios donde puedas intuir esas conductas. Y tan solo deduces que se trata de un libro “Light” que trata de los pensamientos tontos de un psicópata, y por momentos pienso que estoy ante otro libro sobrevalorado en su dimensión por la sociedad americana, tildada de puritana. Pero ahora no tengo eso en la cabeza. Ahora tengo calor, me estoy agobiando, tal vez tengo demasiada ropa encima para el calor que hace en el autobús, tal vez no me he hidratado bastante.
Bajo la vista nuevamente:
Trato de usar la taladradora eléctrica con ella, metérsela en la boca, pero está lo suficientemente consciente, tiene fuerza para apretar los dientes, y aunque la broca se los atraviesa rápidamente, la cosa deja de interesarme, conque le levanto la cabeza, le sale sangre de la boca, y la obligo a mirar el resto de la cinta y, mientras mira a la chica de la pantalla que sangra por casi todos los orificios posibles, espero que se dé cuenta de que eso mismo es lo que le va a pasar a ella sin importar por qué. Que ella terminará aquí tumbada, en el suelo de mi apartamento, con las manos clavadas a unos postes, con queso y cristales rotos metidos en el coño, la cabeza destrozada y sangrando, sin importar lo que pudiera haber elegido; que si ella hubiera ido a Nell's o a Indochine o a Mars o Au Bar, en vez de a M.K., si ella no hubiera subido conmigo a un taxi hacia el Upper West Side, todo esto habría pasado de todos modos. La habría encontrado. Así es cómo funcionan las cosas en este mundo. Decido no ocuparme de la cámara esta noche. Estoy tratando de meterle uno de los tubos huecos de plástico del sistema Habitail que une las dos jaulas –que he desmontado dentro de la vagina, forzando los labios vaginales alrededor de él, y aunque está engrasado con aceite de oliva, no se adapta adecuadamente. Mientras tanto, en la máquina de discos Frankie Valli canta «Lo peor que podría suceder», y hago una mueca de desagrado, mientras empujo el tubo dentro del coño de la muy puta. Por fin tengo que recurrir a echar ácido alrededor del coño para que la carne deje paso al engrasado extremo del tubo, que pronto se desliza dentro con facilidad. –Espero que te duela –digo. La rata se lanza contra las paredes de cristal de la jaula cuando la traigo desde la cocina al cuarto de estar. Se ha negado a comer lo que queda de la otra rata que había comprado para jugar con ella la semana pasada, que ahora yace muerta, pudriéndose en un rincón de la jaula. (Durante los últimos cinco días la he tenido sin comer a propósito.) Pongo la jaula de cristal junto a la chica y, puede que debido al olor del queso, la rata parece volverse loca: primero corre haciendo círculos, lloriqueando, luego trata de ponerse a dos patas, debilitada por el hambre. La rata no necesita que la aguijoneen y el atizador doblado que pensaba usar sigue sin tocar a mi lado y, con la chica todavía consciente, el animal se mueve sin esfuerzo con nuevas energías, lanzándose por el tubo, que he conectado a la jaula, hasta que la mitad de su cuerpo desaparece, y luego, al cabo de un minuto –su cuerpo se agita al comer –le desaparece todo el cuerpo, excepto el rabo, y tiro violentamente del tubo y lo quito del coño de la chica, impidiendo con él que salga el roedor. Pronto le desaparece hasta el rabo. Los ruidos que hace la chica en su mayor parte son incomprensibles.
Joder, el calor que tengo es ya insoportable. El relato es asqueroso, brutal. Hijo de puta psicópata. Creo que estoy teniendo un bajón de tensión. El calor, la claustrofobia, el hedor, el relato, la falta de aire limpio y el sudor, que ya recorre mi frente y baja por los párpados escociéndome los ojos, hacen que suba mi sensación de agobio. Estoy empezando a marearme, tengo náuseas y necesito salir de allí ahora mismo. No tengo nada de líquido. Quedan todavía varias paradas para llegar a la mia. Hay tráfico y hace que el bus vaya lento, a mí me parece que más lento de lo habitual. Tengo tiempo para llegar al trabajo bien, pero no lo suficiente para poder bajarme en la siguiente parada e ir andando. No queda otra opción que seguir ahí dentro hasta por lo menos 10 minutos, con la impresión de que me van a parecer varias horas. Empiezo a delirar, a tener paranoias con el tipo obeso que tengo a menos de 20 centímetros enfrente de mí y que también está sudando desapareciendo por completo su buen olor de hace 15 minutos. Noto que empiezo a verlo todo claro, el tipo obeso no me quita la vista de encima, tal vez haya leido el libro y se esté descojonando de mi, con ganas de soltarme: “Andas jodido, cabrón, no aguantas lo que estás leyendo?”. Intento poner orden en el descontrol en el que ando metido. Intento estabilizar algo de mi cuerpo, reviso mentalmente todo lo básico para mantenerme en pie y no desmayarme, montando un show en un autobús urbano infestado de gente. Ordeno a mis constantes vitales que recuperen la normalidad y ya no miro más al tipo obeso. Que le jodan!. Tengo que aparentar normalidad.
Abro nuevamente el libro:
Puedo decir que va a ser una muerte característicamente inútil, sin sentido, pero ya estoy acostumbrado al horror. Éste parece destilado, incluso ahora que no me molesta ni inquieta. No lamento nada, y para demostrármelo, al cabo de un minuto o dos de ver a la rata moverse en su bajo vientre, asegurándome de que la chica todavía está consciente, pues agita la cabeza de dolor, tiene los ojos desorbitados de terror y confusión, uso una sierra mecánica y en cuestión de segundos corto a la chica en dos. Los dientes metálicos atraviesan la piel y el músculo y el tendón y el hueso tan deprisa que sigue viva el tiempo suficiente para ver que separo sus piernas del resto del cuerpo –sus muslos, lo que queda de su mutilada vagina y los levanto delante de mí, despidiendo sangre, casi como trofeos. Mantiene los ojos abiertos durante un minuto, desesperados y sin lograr enfocar nada, luego los cierra, y por fin, antes de morir, aunque innecesariamente, le clavo un cuchillo en la nariz y le abro la carne hasta la frente, y luego le rebano el hueso de la barbilla. Sólo le queda media boca y me la fallo una vez, luego otra, tres veces en total. Sin ocuparme de si respira o no, le saco los ojos, utilizando los dedos. La rata sale con la cabeza por delante –se las ha arreglado de algún modo para darse la vuelta dentro de la cavidad– y está llena de sangre (también me fijo en que la sierra mecánica le ha cortado la mitad del rabo) y le doy de comer más brie hasta que noto que debo matarla a golpes, cosa que hago. Más tarde el fémur de la chica y lo que queda de mandíbula están en el horno, asándose, y mechones de vello púbico llenan el cenicero Steuben de cristal, y cuando les prendo fuego arden rápidamente
Basta ya. Estoy a punto de desmayarme, de un momento a otro mis piernas van a doblarse y empezaré a montar un show. El conductor parará el autobús alarmado por los gritos de la vieja a la que le caeré encima pesadamente y sudoroso. Mi cuerpo, como inerte, golpeará con la cabeza, espalda, brazos y piernas a otros pasajeros que asustados intentarán quitarme de encima y eso provocará que tal vez me dé algún golpe con algún hierro en la cabeza que no podré evitar. El gordo se estará descojonando y al fin me lo dirá: “La has jodido tio. Si no aguantas ese libro para que coño te pones a leerlo, gilipollas”. Serán las últimas palabras que oiré antes de perder completamente la consciencia y recuperarla ya dentro de una ambulancia. No llegaré a tiempo al trabajo y además ya no podré coger nunca más el bus a esa hora, ni tampoco el que pasa antes ni el que pasa después, pues de todos es sabido que suele estar siempre la misma gente y paso de que me reconozcan como el tipo que se cayó desplomado víctima de una lipotimia.
Cierro el puto libro, cagándome en la ostia y busco desesperadamente mi mp3 para intentar que la música me quite toda la mierda que llevo en la cabeza. Tarda en encenderse, por lo menos 3 infinitos segundos y la primera canción que sale es el “Overkill” de Motörhead en el directo brutal “No Sleep till Hammersmith”. Joder, el tio Lemmy va a tener que esperar. No es lo que necesito. Rebusco, paso canciones, todo de una manera lenta, no hay una buena coordinación entre el tiempo que necesito para obtener la canción con el tiempo que tarda el mp3 en pasar a la siguiente canción cuando lo manipulo. Sigo con una de Thom Yorke, no recuerdo cual, pero tampoco es lo que busco. Sigo pasando canciones, el “Homecomming queen” del disco “Vivadixiesubmarinetransmissionplot “ de Sparklehorse… ostias!, lo que menos necesito ahora mismo es a un tipo que hace unos pocos meses se ha pegado un tiro. Empiezo a darle vueltas a la terrible vida de Mark Linkous, ganando algo de tiempo, mientras que sigo con el dedo, ya instintivamente nervioso y que sigue golpeándo con fuerza el botón de >>. Queda poco tiempo y por cojones tengo que leer en la puta pantalla del mp3 algo que ponga Patricia Moon, necesito algún tema de Patricia, o mejor, todavía mejor, ya sé lo que deseo, deseo sobre todas las cosas ese tema de Vacabou,”And now what”, inédito, que todavía no he conseguido, y que lo hace tan jodidamente apetitoso. Esa canción impresionante en los tempos, y que desarrolla el estribillo de “We are always”, corte número 9 de su segundo disco “Twelve songs inside” que tan talentosamente han captado los dos miembros del grupo. Joder, ojalá apareciera, es la que realmente necesito para que toda la mierda desaparezca. Al final localizo el “We are always” y aunque solo dura 2’42” es suficiente. Le doy a repetir, no quiero seguir buscando más. Llego a mi parada. Son las 7’40 am de una mañana lluviosa en Alicante. Bajo del autobús. No me he caido. Llego al trabajo después de andar 19 minutos por una fria mañana en Alicante. Subo hasta el tercer piso, abro la puerta: "Buenos dias".
Hoy me termino el libro y lo devuelvo a la biblioteca. No lo quiero volver a ver.
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